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LA EDUCACIÓN PÚBLICA FRENTE A UNA NUEVA OFENSIVA PRIVATIZADORA
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Por DARÍO VÁSQUEZ SALAZAR
Profesor Normalista
Las escuelas normales se nutrían de hijos de obreros y campesinos, de gente humilde principalmente. Llegaban desde todos los rincones del país. En la normal Núñez compartíamos con los chilotes, los tocopillanos e iquiqueños, los sureños, los cordilleranos, los costeros, los mapuche. La camaradería y la solidaridad eran parte de lo cotidiano, sobre todo cuando los internos volvían de visitar a su familia y llegaban con las exquisiteces con que el amor materno los cargaba. Ello nos permitía conocer los sabores de frutas, quesos, pan amasado y otras delicias por medio de la “sustracción” de esos manjares gracias al desbordante e inigualable ingenio normalista.
Desde temprana edad, cuando otros niños pensaban en qué les depararía el destino, el normalista era consciente que dedicaría su vida a enseñar y a ser líder social en las comunidades a la cual volverían a los 20 años como profesor de educación primaria.
Se entraba niño y se egresaba hombre. Después de seis años de estudios, después de haber acunado sueños y esperanzas, de haber vivido los primeros amores, de empaparse de la misión que se nos encomendaba y de haber adquirido el compromiso con las nuevas generaciones para formarlas desarrollando todas sus potencialidades, habilidades y destrezas, comenzaba el peregrinar por alcanzar una plaza de trabajo.
Los días en la escuela transcurrían sin sobresaltos, interrumpidos cada vez que la premio nacional de educación y profesora de literatura Teresa Clerc nos saludaba al iniciar su clase: ¡Buenos días, pedestales de la patria! ¡Ironía o sinceridad! La interpretación podía ser una u otra, dependiendo del tono de voz. Aventuro que pretendía hacernos sentir la tremenda responsabilidad que cargaríamos toda la vida al haber elegido ser educadores.
Mi padre había fallecido en junio de 1964 y el parar la olla se tornó difícil para Lucía mi madre; Pablo, mi hermano menor y para mí. Mis hermanos Ximena, Florencia y Oscar, habían partido para formar su propia familia hacía varios años. No obstante aquello, el apoyo de Oscar fue fundamental para paliar la escasez económica.
Afortunadamente, la educación y la salud eran gratuitas y el sistema previsional era solidario, de reparto. Eran tiempos en que Chile era un Estado unitario y solidario, en que los derechos estaban consagrados en la constitución política y la educación era una atención preferente del Estado.
El 4 de septiembre ganó el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva, con la consigna “Revolución en libertad”, apoyado por la derecha y sin escatimar miles de calumnias y mentiras para derrotar a Salvador Allende.
El nuevo gobierno prometió terminar con el analfabetismo y la deserción escolar, iniciando una reforma educacional el año 1965 que entre otras medidas, redujo a 4 años la enseñanza humanística y alargó a 8 años la enseñanza primaria.
El desafío era contar con los docentes necesarios para lograr que nuestros niños y niñas se integraran a las aulas en todos los rincones del país. Ello venía como anillo al dedo para nosotros, porque a fines de ese año habríamos cursado todos los años de humanidades más un año de estudios profesionales.
La posibilidad de ser docentes en poco tiempo, era el comidillo entre nosotros. Lo lógico era que a fines de ese año y teniendo todos los requisitos, el gobierno nos podría graduar y así destinarnos a ocupar las plazas de trabajo disponibles en todo el país. Fueron meses de ilusión. La cierta posibilidad de ser licenciados nos hacía soñar en convertirnos en los pedestales de la patria, como auguraba nuestra profesora. En mi caso, liberar a mi hermano Oscar del apoyo económico que nos daba.
Diariamente intentábamos aterrizar nuestros sueños e intercambiábamos acerca de la escuela a la que se nos destinaría. ¿Cómo sería? ¿En qué lugar de Chile estaría? Algunos querían volver a su comunidad, otros querían ubicarse en la ciudad. En cambio otros más aventureros divagaban por llegar a algún lugar paradisiaco, que sin duda en nuestro país abundan.
Los días pasaban lentos, y la ansiedad nos desbordaba viviendo atentos a los anuncios del gobierno. Llegó la primavera y sus vientos parecían anunciar que la noticia esperada llegaba. Así fue. La noticia llegó. Pero, echó por tierra todo aquello que habíamos futurizado. Nuestro sueño se esfumó igual como paja que es arrasada por un vendaval. La decisión política del gobierno convocaba a estudiar pedagogía a los egresados de las humanidades y cuya primera etapa se realizaría durante los meses de verano de 1966, para, en abril, solo con tres meses de estudios, ser destinados a ocupar las plazas disponibles en todo el país. Posteriormente volverían a seguir estudios en vacaciones de invierno y recibirían su licenciatura en septiembre de ese año.
Estupor e incredulidad. El gobierno desestimó graduarnos cuando solo nos faltaba cursar el sexto año que era el año de práctica pedagógica y de presentación del seminario de graduación. Prefirió titular aceleradamente a estos estudiantes de humanidades. Incluso muchos de ellos hacía años que habían terminado sus estudios.
En medio de la rabia y la frustración y como forma de paliativo para nuestro sentir, los motejamos como “profesores marmicoc”. Nunca sabremos las motivaciones y decisiones políticas que impulsaron al gobierno el desechar graduarnos y preferir que ejercieran la docencia compatriotas con tres meses de preparación.
Al volver en marzo para cursar el último año y recibir nuestra titulación como maestros de escuela primaria, la normal bullía con la alegre presencia de cientos de jovencitas y otras no tanto, y algunos peludos que se preparaban para trabajar en docencia. No obstante que el paisaje había cambiado notablemente y más de alguno sintió cosquilleos y tensiones al clavar su mirada en alguna grácil y coqueta futura colega. Lo cierto es, que seguíamos molestos con tan injusta decisión.
La escuela normal contaba con piscina, cancha de fútbol, gimnasio, amplias salas de clases y espaciosos patios adecuados para cumplir la labor de formación de los maestros. La enseñanza humanístico-científica, el arte, la música, el deporte y las técnicas manuales eran disciplinas necesarias para preparar un docente desde primer a sexto año primario. Generalmente el normalista comenzaba con niños de primer año y continuaba con ellos hasta el sexto año. Ello permitía un conocimiento cabal de cada estudiante y porque la disposición, cariño y amor que prodigaba el maestro cada día en el aula era fundamental para la formación humana. Ahí residía la clave del buen educador que fue y ha sido este profesional de la enseñanza, hoy en extinción.
En medio de la algarabía durante los recreos y los intentos –muchas veces infructuosos – por conseguir la atención de una bella dama, nuestra molestia seguía latente y teníamos la decisión de demostrar que nuestra formación era mejor que la que recibían los marmicoc. A poco andar nos dimos cuenta que aquello era imposible. Entonces, en un gesto noble, produjimos un acercamiento con ellos y los desafiamos a jugar un partido de fútbol, propuesta de inmediato aceptada. Comenzaron los preparativos, con una difusión extraordinaria con lienzos y afiches en cada pasillo de la escuela. El día de la confrontación, la barra femenina que tenían superaba con creces la exigua barra nuestra. Corría el rumor que entre los marmicoc había un jugador de la Católica, de apellido Varas. Decidimos ponerle marcación especial, de la cual se encargaría el macho Haeger, quien era jugador de la U. Lo cierto es que el tal Varas, no era el genuino jugador católico.
La normal bullía por todos sus costados el día del partido. Gritos, pancartas, e incluso vestimenta especial de las féminas que apoyaban al equipo contrario, distraían nuestra concentración. El partido fue intenso, con insultos, patadas y demases, pero no logramos superarlos y terminó el partido con un magro empate, para desilusión nuestra que aspirábamos a establecer la supremacía de los pedestales de la patria.
Los profesores marmicoc, en abril partieron a cubrir las plazas de trabajo en todo el país y nosotros volvimos a la rutina, afanados por terminar nuestra práctica y nuestro seminario para lograr nuestra titulación en diciembre de 1966.
La sorpresas políticas del gobierno no cesaron en contra nuestra. Anunciaron que la graduación de normalistas y marmicoc se realizaría en septiembre, decisión que calificamos como ofensa al normalismo. Para ello se nos invitaba a las dependencias del Ministerio de Educación en Rinconada de Maipú.
En principio, acordamos no asistir, pero cambiamos de parecer y decidimos ir y boicotear el acto. El día señalado, nos trasladamos para allá en locomoción proporcionada por el gobierno, rumiando nuestra rabia.
Al término del acto, repartieron un diploma alusivo impreso por cientos, sin la solemnidad que caracterizaban las graduaciones en la escuela normal. Las ofensas al normalismo no cejaban. Pero no fuimos capi de causar tal alboroto. Prevaleció la bonhomía del espíritu normalista, viniendo a nuestra mente los valores inculcados en nuestra formación y nos retiramos cabeza gacha, en silencio y sin interrumpir la alegría de nuestros colegas marmicoc, quienes no merecían un agravio porque no tenían ninguna responsabilidad ni culpa por la decisión del gobierno.
No éramos nosotros los que empañaríamos la alegría que exteriorizaban nuestros colegas que se estaban graduando como noveles maestras y maestros.
Años más tarde, me encontraría con Varas en una escuela de Cerro Navia y recordamos los momentos y pormenores del histórico partido Normalistas versus Marmicoc.



